DR. ALFREDO A. D. NAVARRO RUÍZ DE LAS CUEVAS, Ph. D.
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         LEÓN                                                  LEOPARDO    



Fui profesor de planta del "Tec de Monterrey" (Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey) desde 1968 y me ha tocado colaborar en el mismo en los Campus de Monterrey, Estado de Nuevo León, Cd. Obregón y Hermosillo, Estado de Sonora, y actualmente de vuelta en Monterrey desde julio de 1997. El "Tec", como se le conoce generalmente, es una Institución Educativa de nivel medio y superior que fue fundada en 1943 (casualmente año de mi nacimiento, también), en la Cd. de Monterrey, ubicada al noreste de México. Si puedo servirles en algo desde acá, por favor comuníquense conmigo a mi e-mail. Imparto clases en las áreas de Ecología, Estadística y Probabilidades.
Mi oficina está en Aulas 4-311-B. La extensión telefónica es la 4848 del 8358-2000 (también en 8358-1400 y en 8158-2000), con Correo de Voz. Mi celular es el 044-81-1509-6693. En Agosto 1 de 2005 me retiré de Profesor de Planta.

Aunque para la mayoría no es necesario decirlo, es muy importante que todos los alumnos respeten las siguientes normas para el salón de clases:

    1.- Si en alguna ocasión el maestro no llega a tiempo, deberás esperarlo dentro del salón.
    2.- No deberás usar gorra, sombrero, celulares (sin previa autorización), ni lentes oscuros.
    3.- No se permite fumar dentro del salón, ni introducir alimentos, bebidas.
    4.- Deberás estar en silencio mientras el maestro toma lista.
    5.- No salir de clase sin permiso.
    6.- No se dará asesoría durante las 48 horas previas a los exámenes.
    7.- En los exámenes:



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Cualquier sugerencia y/o contribución comunícate a mi "e-mail". 

APRENDER A PENSAR

Esta anécdota del mundo físico me parece excelente, pues ilustra muy bien el multifacético modo de pensar de un genio. La han titulado “Las mil y una maneras distintas de resolver un problema”.
Sir Ernest Rutherford, Presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota: “Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega que estaba a punto de ponerle un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en su problema de física, pese a que éste afirmaba que su respuesta era correcta. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial, y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen: Muestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro (un barómetro es un instrumento que mide la presión atmosférica. La presión de la atmósfera varía con la altura, así que es posible determinar la altura de un edificio midiendo cómo varía la presión del aire entre la planta baja y la azotea). El estudiante había respondido: ‘Lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida la longitud de la cuerda que es igual a la longitud del edificio.” Realmente, el estudiante nos había metido en un serio problema, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Pero si se le concedía la máxima puntuación podría alterar el promedio de sus estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en Física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta, pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de Física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: ‘Tome el barómetro y láncelo al suelo desde la azotea del edificio. Calcule el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la fórmula que dice que la altura es igual a 0.5 por A por el cuadrado del tiempo, y así obtenemos la altura del edificio.’ (El tiempo que tarda un objeto en caer hasta el suelo depende de la altura desde la que se lo lance. La fórmula mencionada es correcta. A es la aceleración de la gravedad en la Tierra). En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. ‘Bueno’, respondió, ‘hay muchas otras maneras. Por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.’ ‘Perfecto’, le dije, ‘¿y de otra manera?’ ‘Bueno’, contestó, ‘éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio, en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando en la pared la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura del edificio. Éste es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, se puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de oscilación. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta del conserje. Cuando abra, decirle: Señor conserje, aquí tengo un bonito barómetro; si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo.’ En ese momento le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares). Respondió que evidentemente la conocía, pero que durante sus estudios sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.” El estudiante se llamaba Niels Henrik David Bohr, físico danés, Premio Nobel de Física en 1922 (un año después que Einstein), el primero en proponer el modelo de átomos con protones y neutrones en el núcleo, y electrones que giran en torno de ese núcleo. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica. El escudo de armas que diseñó para sí mismo tiene un mundo de significados: es el símbolo Tai-chi (mandala) de las dos amibas envolventes (común aunque erróneamente conocido como yin-yang), y el lema Contraria Sunt Complementa (los opuestos se complementan, postulado central del taoísmo). La moraleja es obvia: recuerda a Niels Bohr cada vez que alguien quiera hacerte creer que las cosas sólo pueden hacerse de una manera.

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Última modificación: Noviembre, 2007
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