Yo pecador

Por Aída Ojeda. (1996)

Podéis ir en paz, la misa ha terminado.

Demos gracias a Dios.

Ahora que salgo de la iglesia me siento un poco más tranquila. Yo sé que hice bien y que Dios me entiende. Seguí y recé toda la misa, menos el Yo pecador. Ese rezo sí que no me lo aventé completo porque me hubiera sentido "dos caras". Quiero estar bien con Dios pero de eso no me arrepiento. No he pecado de pensamiento, pero sí de obra y omisión, así que no venía al caso rezar esa oración frente a todos fingiendo arrepentimiento. Parece que la Lupe se dió cuenta de que me quedé callada en esa parte, pero ni modo. Hasta ahora no me ha dicho nada. Sigue caminando delante de mí calladita como siempre lo hace después que salimos de misa los domingos. Espero que me diga algo, pero hasta ahora nada.

Lupe ha estado conmigo desde que nací. Ha sido mi nana desde que mis papás murieron y me dejaron al cuidado de la vieja de mi abuela. Por lo menos me pude quedar con alguien de la familia. Ay, esa vieja que me cuidó tanto, pero que de plano me había jodido tanto que ni me dolió ni su agonía ni su muerte.

Cuando recién entré a esa etapa que le llaman pubertad me traía de un ala un niño bien carita. Era el más guapo de la escuela y parecía que yo le gustaba. Total que un día me invitó a salir y yo le pedí permiso a la vieja. Esa era mi única oportunidad de ligármelo, porque me habían dicho que si yo no le daba el sí se iba a ir con la piruja de Sofía. Ese día ya estaba yo muy arreglada para irme. Me había lavado el pelo con dos champús y echado perfume para oler bonito a la hora de la mentada declaración.

Todo iba bien hasta que salí de mi cuarto. Me topé con que la vieja necesitaba que la acompañara al doctor. Le dije que ahí estaba la Lupe, que fuera con ella, pero me dijo que ella estaba muy ocupada limpiado los chiles para la comida del día siguiente así que tenía que acompañarla yo. Por más que chillé, patalié, y azoté las puertas cada que me cambiaba de cuarto para evitar oir a la vieja, me obligó a ir con ella al Seguro. Qué chinga me acomodó aquello. Nos tardamos las horas en el doctor porque a la vieja le había tocado la ficha 21 y apenas iban en la 3, así que estuvimos ahí sentadotas toda la tarde. Segurito que Juan Daniel -así se llamaba el susodicho- se quedó esperándome un rato en donde nos habíamos quedado de ver y se fue a cantársela a la otra. Al día siguiente en la escuela me dijeron que ya me había quedado para vestir santos, que aquél ya traía novia. Jamás se lo perdoné a la vieja.

Pasó el tiempo y por angas o por mangas, ningún galán quería conmigo por el pinche vejestorio que tenía como abuela. Siempre me ponía trabas para que yo no pudiera salir a la calle con mis amigos. Que ve por la ropa, que ayúdale a la Lupe, que trae el mandado... me traía hasta la madre, la mera verdad. Si alguna vez no le hacía caso y me salía de la casa, iba por el palo de la escoba y a escobazos me traía de regreso. ¡Qué chingona!. Así cualquiera.

Aparte de todo la vieja había empeorado de salud y se puso más jodona. Las reumas y várices ya no la dejaban moverse como antes así que todo se lo teníamos que hacer la Lupe o yo. Lo peor era lavarla o llevarla al baño. Como estaba gorda batallábamos mucho para meterla a la tina y peor cuando quería ir al baño. En fin, su vida se le fue acabando poco a poco. Cuando murió no le lloré. Sí me había encariñado con ella, pero ya de por sí era una chinga diaria con lo de su enfermedad, lo mejor fue su muerte y que nos dejara descansar a la Lupe y a mí.

La policía jamás encontró el cuerpo. Por más que buscaron no dieron con la vieja. A mí me interrogaron porque los chismosos de la pulquería de la esquina dijeron haberme visto con ella un día antes paseando por el parque, pero yo no dije nada. A ver, que me comprueben algo, a ver. Luego se corrió el rumor en la vecindad de que había muerto envenedada y que entre la Lupe y yo la habíamos cremado en el boiler. Dónde iba a caber la pinche vieja en el boiler, aun cuando la hubiéramos partido en pedacitos si estaba bien gorda la cabrona. Pero ni quien les creyera. Para mí mejor.

La vieja se ha de haber ido al cielo. Porque supongo que allá la habrá acogido Dios. Le recé bastantes oraciones como para que no le haya dado chance Diosito de quedarse con él. Tampoco soy tan pinche. Ya había sufrido tanto la pobrecita con sus enfermedades como para que yo la amolara más no pidiéndole a Dios por ella. Me dio casa, comida y sustento, pero le faltó darme un poco de diversión. Me había jodido mucho con sus órdenes y chingaderas menores, pero no soy tan desagradecida. Soy buena nieta.

Le recé 7 Padres Nuestros mientras la acomodaba en su cama ese día. Le acerqué su imagen bendita del Santo Niño de Atocha para que no se sintiera solita y le amarré las manos con el rosario que había comprado la vez que la Lupe y yo la llevamos a la Basílica para pedir por sus várices y sus reumas -para pedir que se le fueran, no para que se le expandieran. A la otra tendré que ser más específica en los rezos-.

Luego le peiné el poco cabello que le quedaba con una peineta mero enmedio. Se veía chistosa. Nomás me miraba con esos ojotes que tenía. Me acordé que cuando menos vieja los usaba para darme órdenes con la mirada. Pinche vieja me traía bien ciscada. Me apuré a tomar la manta de cielo con que la Lupe cocinaba la carne y, salidita de la olla de agua hirviendo, se la puse sobre los ojos.

La vieja nomás se retorció de la cintura para abajo porque ni las manos podía mover y su voz tampoco le salió porque le había metido un calcetín limpio para que dejara de gritar.

Hecho esto me fui por las agujas de la vieja que había dejado sobre su cesto de tejer. Las tomé de un extremo y se las enterré en los pies. Como quedó pegada al colchón ya no me dió tanta lata con las patas.

Luego agarré un pedazo de sábana y le limpié la sangre que le salía de las muñecas y de los pies incrustados en el colchón. ¡Cómo salía sangre! No pensé que tuviera tanta la vieja.

Ya que había limpiado me fui corriendo por el palo de escoba. Ese con el que me había pegado tantas veces cuando yo no quería obedecerla a pesar de las miradas que me echaba.

Regresé con la vieja y sostuve el palo con las dos manos. No me fuera a fallar la puntería. Unas 3 o 4 veces hasta que dejó de brincotear como chapulín.

Luego le pedí a la Lupe que me ayudara. Entre las dos la envolvimos en una colcha oscura y la llevamos al bote de basura del mercado. Al día siguiente que nos asomamos para ver qué había sido de la vieja ya no estaba. La buscamos debajo del bote y cerca de ahí pero nada.

Segurito que se la llevaron las ratas o los gatos, pero yo creo que se ayudaron entre ellos para partirla en pedacitos porque sólo así se podía llevar a la vieja. Si entre la Lupe y yo apenas podíamos mitad y mitad, menos un animalillo de esos...

No he pecado de pensamiento, ni de palabra, pero sí de obra y omisión. Mi obra fue matarla, mi omisión fue no decirlo. Por eso no dije completo el Yo pecador. Mi conciencia está tranquila. Yo sé que hice bien y eso me basta. De lo único que le pido perdón a Dios es el habérmele adelantado, en vez de que la vieja le rindiera cuentas a su tiempo, pero creo que así se le agilizaron más las cosas y no tardó tanto en dejarla entrar, ¿no?

Levanto la cara y la Lupe me voltea a ver de reojo. Se sonríe conmigo mientras sigue caminando para la casa y me dice: no te preocupes, recuerda que el padre dijo que podíamos ir en paz.

(Demos gracias a Dios).

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