La llorona
Es una leyenda mexicana, la que aquí se presenta, aparece en el libro Leyendas
y sucedidos del México colonial, compilación de Víctor J. Gómez, México,
Gómez Gómez Hnos., 1999.
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Este era el lamento que continuamente se escuchaba
en la ciudad de México: ¡Ay de mis hijos, que será de mis hijos!
Se daba el toque de queda en la catedral y todos los
habitantes de la ciudad cerraban las puertas de sus casas con cuanto tuvieran a
la mano. Se encerraban a piedra y lodo, pues nadie quería ni siquiera asomar
los ojos hacia fuera.
Dicen que hasta los viejos soldados conquistadores,
que demostraron su valentía en la conquista de México, no querían salir a la
calle, al llegar esa hora terrible. Los hombres se encontraban cobardes y a las
mujeres les temblaba todo el cuerpo; los corazones se sobresaltaban al oír este
gemido terrible, largo, que penetraba hasta los huesos.
¿Quién podría ser el valiente que se atreviese a
salir a la calle ante ese llanto que causaba profunda lástima y que se
escuchaba noche a noche por la ciudad entera? ¡La llorona! Clamaba la gente y
del puro susto apenas podían murmurar una pequeña oración y con la mano
temblorosa hacían la señal de la cruz. Las mujeres oprimían sus rosarios con el
corazón, cruces o imágenes que llevaban colgando de sus cuellos.
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La ciudad vivía
verdaderamente aterrorizada.
Cuando se escuchaban
los gemidos de esta mujer, más de algún valiente quiso salir a ver quien era la
persona que emitía esos gritos tan angustiosos, costándole en ocasiones a unos
la vida o a otros el juicio que veían perdidos por el susto. Se decía que esto
era cosa de ultratumba, pues si se tratara de gritos humanos, éstos no se
escucharían a más de tres calles de distancia y sin embargo estos lamentos se
oían por toda la ciudad; traspasaban paredes y todos los habitantes los
escuchaban.
Hubo algunos envalentonados por el vino, que al
salir de las tabernas pretendían ir a su encuentro, encontrando en esta hazaña
la muerte. Otros quedaron locos de la impresión y los menos, no volvieron a
intentar esta aventura y preferían quedarse encerrados en sus casas.
La llorona era una mujer que flotaba en el aire,
con un vestido blanco y cubría su descarnado rostro con un velo muy suave, que
permitía verle la calavera de su cara. Cruzaba toda la ciudad con mucha
lentitud; unas noches por unas calles o plazas y otras por distintas
callejuelas; dicen los que la vieron que alzaba los brazos y emitía aquel
quejido angustioso que asustaba a todos los que la escuchaban: ¡Ay, ay de mis
hijos, que será de mis hijos! Luego se desvanecía en el aire y se trasladaba a
otro sitio a emitir sus quejidos.
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De una calle a otra,
recorría plazas diversas, hasta llegar a
Se levantaba y se encaminaba hacia la orilla del
lago caminando lentamente y ahí se perdía, se vaporizaba en el aire y se perdía
de vista, no se sabe si se sumergía en las aguas o se disolvía, puesto que los
que la llegaron a seguir, dicen que en este sitio se perdía de vista.
Esto pasaba todas las noches en la ciudad de México y verdaderamente tenía
inquietos a los habitantes de la ciudad, pues nadie podía explicarse quien era
esa mujer y cual era la razón de sus lamentos.
Muchas eran las versiones que se daban en torno al suceso.
Unos decían que esta mujer había fallecido lejos de su esposo a quien amaba
profundamente y que venía de ultratumba a verle y a llorarle, pues no podía
estar con él, pues se decía que dicho caballero había vuelto a contraer nupcias
con una bella dama y que ya la había olvidado completamente. Otras lenguas
afirmaban que la mujer nunca pudo desposarse con el caballero, pues la
sorprendió la muerte antes de que le diera su mano y la razón por la cual venía
del más allá, era para volverle a ver, pues resultaba que el tal caballero se
encontraba perdido en vicios que perturbaban su alma.
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Al decir de otras
gentes, se creía que la mujer era viuda y que se lamentaba de esta forma,
porque sus hijos huérfanos estaban sumidos en la más honda desgracia, sin que
ningún corazón se moviese por ayudarlos. También se corría la versión de que la
mujer era una pobre madre a quien le asesinaron a
todos sus hijos y que su salir de la tumba era para llorarles.
Otros afirmaban que había sido una esposa infiel y que
como no hallaba paz en la otra vida, venía del mundo de los muertos, con el fin
de alcanzar el perdón por sus faltas cometidas en vida. Algunos decían que la
mujer había sido asesinada por un marido celoso; se comentaba también que la
famosa llorona era la célebre Doña Marina, quien de todos es sabido que vivió
amancebada con el conquistador Hernán Cortés y que venía a este mundo con
permiso del Cielo, a llenar el aire de lamentaciones, en franca señal de
arrepentimiento, por haber traicionado a su pueblo, al ponerse del lado de los
conquistadores españoles y que cometieron tantas brutalidades contra su pueblo.
Esta pobre alma viajaba por todo el país de México,
llegando a cada ciudad en donde; en las noches de luna se veía pasar su silueta
blanca y profiriendo sus espantosos lamentos que asustaban al ganado; se le
llegó a ver hincada al pie de cruces; salía con gran misterio de las cuevas,
donde habitaban salvajes fieras emitiendo siempre su lamento ¡Ay, ay de mis
hijos, que será de mis hijos!
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Esta leyenda de la
llorona es muy antigua, sus orígenes se remontan al México Prehispánico, pues
había la leyenda de que las mujeres muertas en parto, solían venir a este mundo
en una fecha determinada del calendario, convirtiéndose en fantasmas para
asustar en los caminos a quien se le pusiera enfrente.
Esta tradición se deriva también de las
premoniciones que tuvieron los antiguos mexicanos antes de la llegada de los
españoles, pues se afirmaba que salía una mujer del lago que angustiada decía:
¡Ay hijos míos, ha llegado ya la hora de vuestra destrucción!
Todavía hasta los primeros años del siglo XVII se
siguieron escuchando los gritos de la llorona en las calles de la ciudad de
México; misteriosamente despareció para siempre y ya no se volvió a escuchar su
quejido angustioso por las noches y ya pudieron dormir tranquilos los
habitantes de la ciudad de México.
Es una leyenda
colonial mexicana basada en un caso que sucedió en el siglo XVI cuando
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Cuenta la leyenda que hace
más de dos siglos vivió en la ciudad de Córdoba, en el estado de Veracruz, una
hermosa mujer, una joven que nunca envejecía a pesar de los años.
La llamaban
Los hombres, prendados de
su hermosura, se disputaban la conquista de su corazón. Pero ella a nadie
correspondía, a todos desdeñaba. La gente comentaba los poderes de
Algunos aseguraban que la habían visto volar por los tejados, y que sus ojos
negros despedían miradas satánicas mientras sonreía con sus labios rojos y sus
dientes blanquísimos.
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Otros contaban que
Hace tiempo, mucho tiempo
que vive en la vecindad al lado de la plazuela.
¿En verdad? ¡No es cierto! Nunca la hemos encontrado en el patio, en el zaguán.
Ni en la calle, ni en la iglesia ni tampoco en el mercado:
¡Luego ella no es de este barrio, luego llegó de repente!
En Córdoba ¡desde cuándo apareció de improviso!...
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Nadie sabe cuánto duró la
fama de
La mañana del día en que
iba a ser ejecutada, el carcelero entró en el calabozo de
- Buen día, carcelero;
¿podrías decirme qué le falta a este navío?
- ¡Desgraciada mujer! -
contestó el carcelero-. Si te arrepintieras de tus faltas no estaría a punto de
morir.
- Anda, dime, ¿qué le falta a este navío?, - insistió
- ¿Por qué me lo
preguntas? Le falta el mástil.
- Si eso le falta, eso
tendrá - respondió enigmáticamente
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El carcelero, sin
comprender lo que pasaba, se retiró con el corazón confundido.
Al mediodía, el carcelero
volvió a entrar en el calabozo de
- Carcelero, ¿qué le falta
a este navío? - preguntó
- Infortunada mujer- le
replicó el desconcertado carcelero-. Si quisieras salvar tu alma de las llamas
del infierno, le ahorrarías a
- Si eso le falta, eso
tendrá- respondió
Y el carcelero se retiró,
intrigado de que aquella misteriosa mujer sus últimas horas dibujando, sin
temor de la muerte.
A la hora del crepúsculo,
que era el tiempo fijado para la ejecución, el carcelero entró por tercera vez
en el calabozo de
- ¿Qué le falta a mi
navío?...
- Desdichada mujer,
-respondió el carcelero-, pon tu alma en las manos de Dios Nuestro Señor y
arrepiéntete de tus pecados. ¡A ese barco lo único que le falta es que navegue!
¡Es perfecto!
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- Pues si vuestra merced
lo quiere, si en ello se empeña, navegará, y muy lejos...
- ¡Cómo! ¿A ver?
- Así -dijo
El carcelero se quedó
mudo, inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, los cabellos de punta y la
boca abierta.
Nadie volvió a saber de
Se supone que está con el demonio.
Quien les crea a los cuentos de hechiceras
Que pruebe a pintar barcos en los muros.